El drama del transporte público en Táchira

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La San Cristóbal metropolitana concentra buena parte de la población económicamente activa del Táchira. Miles buscan todos los días acercarse a la capital desde Cordero, Táriba, Palmira, Capacho, Santa Ana, San Josecito y otros pueblos que la rodean. Nunca ha existido un sistema de movilidad integrado que los interconecte. Como solo prestan servicio dos de cada diez unidades de la tradicional flota de transporte público suburbano corto, afloran las dificultades: hacia la montaña, largas filas en espera de buses; hacia el llano, desfilan camiones y cavas llenos de pasajeros en riesgo; y, sin importar hacia dónde, se multiplica la práctica necesitada de levantar la mano y pedir cola a un desconocido. Sin pena, y sin mayor control de las autoridades, choferes de líneas urbanas exhiben sus rótulos en rutas prohibidas, publica La Nación.

En las cavas, Marina suda y casi se ahoga

La avenida Manuel Felipe Rugeles, frente al Terminal de Pasajeros Genaro Méndez de San Cristóbal, es el terminal a cielo abierto de los camiones suburbanos. A acera llena, entre decenas de pasajeros en espera, Marina Ramírez aguarda desde hace tres horas por una buseta que la lleve al Palmar de la Copé. No es que no se haya encaramado en camiones, sino que cada día la trabajadora de un restaurante renueva la esperanza de llegar dignamente a casa.

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Los peores días, cuenta Marina, son cuando le toca viajar con hasta 40 adultos y niños más dentro de una cava. “Ahí casi se ahoga uno”, atestigua, al explicar que el único respiradero es la puerta que mantiene entreabierta el muchacho que cobra los 10.000 o más bolívares del pasaje. “En las cavas llega uno a la casa como un pollito, todo mojado de sudor”.

Acaba de llegar un camión. Apenas el colector grita “¡Santa Ana, Santa Ana!”, varios corren en estampida. Todos quieren montarse primero, pero terminan ganando los que corrieron más rápido, los que empujaron al otro y los que treparon por los lados. El chofer, Anderson Durán, un distribuidor de agua, anuncia que hará unas cinco o seis paradas, que no pasará de 40 kilómetros por hora y que no montará a más de 20. “¡Dale, camionero, dale!”, le gritan.

Arranca. La ayudante de cocina Yorley Useche no alcanzó, aunque disposición tampoco le faltaba. “Yo me monto en lo que caiga: camiones, buses, volteos, colas, camionetas…”, enumera. La semana pasada, saca cuentas, abordó camiones cuatro de los cinco días. Lo recuerda claro porque una mañana se soltó una baranda. “Gracias a Dios no pasó a mayores”.

Ha llegado una buseta ideal para Yorley. Tiene rotulado el nombre de una de las 15 líneas urbanas de San Cristóbal, de esas que en este momento deberían circular por otra avenida muy lejana al sector del Terminal, pero el colector anuncia salida hacia la Troncal 005. ¿Por qué? “Ni a 5.000 ni a 10.000 bolívares me sirve un pasaje urbano. Para que yo retome mi ruta, tienen que subirlo mínimo a 15.000”, sentencia el chofer, que prefiere no identificarse.

Ese chofer viene de cubrir una ruta urbana distinta a la que le corresponde, mucho más corta en trayectos. “Me funciona: mientras que en la línea mía doy una vuelta, en esta que hice doy dos”. No le importa. “Y si nos quieren quitar la concesión, que nos la quiten”, remata.

De la hostilidad en algunas busetas, choferes y pasajeros se acusan mutuamente. Al colector de una ruta suburbana le picaron un diente durante una trifulca por la pasada alza del pasaje.

Antes de arrancar, de esa buseta se bajan Nelly Ortiz, joven de 18 años, junto a su bebé de un año y una bolsa grande con ropa y comida. Van al barrio Genaro Méndez de San Cristóbal y, como le vio a la buseta un aviso de ciudad, se montó. Entendió que se había equivocado cuando empezó a escuchar “¡San Josecito, San Josecito!”. “No todo el mundo puede montarse en camiones. ¿Cómo hago yo, cargada y con el niño?”. Su espera sigue. Los camiones, avanzan.

De Verónica a Patricia, 52 ganas de llegar

El primero de una cola por transporte suburbano seguramente también fue el último que intentó entrar a la buseta anterior. La primera de esta fila de pasajeros con ganas crecientes desde hace una hora de llegar al municipio Guásimos se llama Verónica Meza. Son las 4:00 de la tarde y es la cuarta cola del día que le toca hacer a la abuela de 65 años.

De su casa, en Boca de Caneyes, salió a la autopista San Cristóbal – La Fría a buscar carro a las 4:40 de la madrugada. Por eso el suéter que carga al hombro. Después de par de intentos fallidos en supermercados de la ciudad logró comprar dos kilos de harina de maíz. Por eso la silla plegable que le fue útil más temprano y que vuelve a utilizar ahora.

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