La excelencia académica en Venezuela tiene precio, y es un insulto. En el país donde las cifras macroeconómicas se dibujan con la misma facilidad con la que se borra el futuro de sus ciudadanos, las aulas universitarias se han convertido en la zona cero de la esclavitud moderna. Ya no se necesita un látigo; basta con apelar a la «vocación».
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La prueba irrefutable de este desmantelamiento institucional la protagoniza el ingeniero civil Esteban Gabriel Tenreiro, sonriendo frente a la cámara, firmando su contrato como docente en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela (UCV).
¿El botín por 38 años de experiencia, conocimiento acumulado y lealtad a la «Casa que vence la sombra»? Un salario mensual de 54,28 bolívares.

La anatomía de un saqueo intelectual
Hagamos la matemática de la miseria, esa que el Banco Central de Venezuela (BCV) prefiere ignorar:
El Sueldo: 54,28 Bs al mes.
La Tasa: Con un dólar BCV por sobre los 600 Bs
El Resultado: Menos de 1 dólar. No al día. No al mes. Al año.
«Luego de 38 años de docencia y ejercicio profesional mis honorarios son de Bs 54,28 mensuales… Sin duda la docencia en Venezuela es pura pasión», dice Esteban Tenreiro.
La trampa de la «Pasión»
El post del profesor Tenreiro termina felicitando a sus colegas por ejercer la docencia con «pura pasión». Y es aquí donde el periodismo debe ser implacable: romantizar la precariedad es el último clavo en el ataúd de la educación.
Llamarlo «pasión» es un mecanismo de supervivencia psicológica ante un Estado que ha decidido que el cerebro de un ingeniero con casi cuatro décadas de trayectoria vale menos que un caramelo en un kiosco. Es una política de Estado diseñada para vaciar las aulas, quebrar la moral del investigador intelectual y garantizar que solo aquellos dispuestos a subsidiar su propio trabajo puedan permitirse el «lujo» de dar clases.
Cuando un país paga un dólar al año a quienes forman a los constructores de sus puentes, carreteras y hospitales, no está ahorrando presupuesto; está firmando su propio colapso estructural.
La UCV sigue en pie, sí, pero sostenida por el trabajo no remunerado de profesionales que sonríen mientras firman su propia sentencia de muerte financiera. Y eso, señores, no es pasión. Es un crimen perfecto.
Lo que los medios documentan
La romantización de la «pasión» docente se quiebra cuando cruzamos los muros de la universidad. El sector no está callado ni resignado; está en agonía y en protesta activa. Para darle rigor a nuestro artículo, incluyamos estas realidades documentadas en los medios:
- Salarios congelados por decreto de facto: El salario mínimo en Venezuela se mantiene congelado desde el año 2022.
- Paralización nacional: Ante la asfixia, trabajadores de 23 universidades públicas del país se han visto forzados a iniciar paros de 24 horas para exigir un aumento a ese sueldo que equivale a centavos.
- La trampa del relato inflacionario: José Gregorio Alfonso, presidente de la Asociación de Profesores de la UCV, desmontó públicamente la excusa oficial de que aumentar los salarios dispara la inflación, destacando que llevan 4 años sin un salario real y la inflación sigue golpeando igual.
- Denuncias de derechos humanos: La organización Provea ha dejado los eufemismos a un lado, catalogando los ingresos del sector como un «pago de hambre». En las universidades, el salario es apenas un «símbolo sin ningún valor real» que, en la práctica, tiende a cero.
- Resistencia continua: Lejos de rendirse, solo en lo que va del año 2026, los sindicatos de la UCV se han movilizado y sumado a la protesta nacional al menos en tres ocasiones. Su exigencia se centra en el artículo 91 de la Constitución, demandando un salario digno para que su remuneración deje de ser una «burla».
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