Crónica de un apagón anunciado: ¿Por qué Cuba no logra salir de la oscuridad?

La crisis energética en Cuba ha dejado de ser una contingencia para convertirse en un estado de parálisis estructural permanente.

Lo que en años anteriores eran «afectaciones programadas», en este marzo de 2026 se ha transformado en un colapso sistémico.

Más del 50% del país se mantiene en tinieblas, sin servicio de energía eléctrica.

El escenario no es sólo el resultado de una avería fortuita; es, más bien, el cúmulo de décadas de desinversión, sumadas a una dependencia crítica de combustibles importados.

El costo de la inacción: Una industria paralizada

Desde una perspectiva estrictamente económica, el impacto del déficit de generación eléctrica — que con frecuencia supera los 1.500 megavatios (MW) — es incalculable.

La economía cubana, que ya arrastra una inflación galopante y un desabastecimiento crónico, enfrenta además una contracción industrial sin precedentes.

Las pequeñas y medianas empresas (Mipymes), que surgieron como un tímido motor de reactivación, ven cómo su cadena de frío y sus procesos productivos se pierden en jornadas de hasta 18 horas sin fluido eléctrico.

El sector turístico, otra fuente de divisas para el país, tampoco es inmune

Los esfuerzos del Gobierno por blindar las zonas con alta afluencia de visitantes, mediante el empleo de sistemas de generación propia, no han eliminado las dificultades logísticas.

En consecuencia, Cuba se ha devaluado progresivamente como sitio de interés turístico.

El nudo gordiano: Termoeléctricas y combustible

La columna vertebral del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) de la isla descansa sobre siete termoeléctricas que promedian más de 40 años de explotación.

La planta “Antonio Guiteras” de Matanzas, el bloque más importante del país, se ha convertido en el barómetro de la crisis. Cada salida de servicio de esa instalación sumerge a la Cuba en un «efecto dominó» de apagones.

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A este deterioro técnico se suma la crisis de suministro de hidrocarburos. La «cuota» de petróleo enviada por aliados estratégicos como Venezuela y Rusia se ha vuelto errática, debido a las propias limitaciones logísticas y financieras de estos socios.

Por otro lado, los intentos de diversificar la matriz energética hacia fuentes renovables (solar y eólica) avanzan a un ritmo insuficiente para cubrir el bache de generación actual.

La paradoja es lo más parecido a una rueda de hámster: Cuba no tiene fondos para comprar combustible, pero sin combustible no puede producir los bienes y servicios necesarios para generar esos fondos.

El factor social y la presión geopolítica

La cronología de los apagones tiene un correlato directo en la tensión social.

Las protestas registradas en Santiago de Cuba y otras provincias orientales este mes de marzo no son sólo un grito por la falta de luz, sino por el «paquete de carencias» que el apagón agrava.

Cuando falla el fluido eléctrico, los ciudadanos también padecen falta de agua (por la detención de las bombas) y pérdida de alimentos (por ausencia de refrigeración).

Mientras tanto, para el Gobierno de La Habana, la crisis energética es también un flanco geopolítico. La narrativa oficial continúa señalando al embargo estadounidense como el principal obstáculo para adquirir repuestos y tecnología.

Sin embargo, analistas internacionales apuntan que, más allá de las sanciones, la ausencia de un marco legal que garantice la inversión privada extranjera en el sector energético impide la modernización profunda que el SEN requiere.

Proyecciones: Un futuro a oscuras

Si no se produce una inyección masiva de capital o una reforma estructural que permita la entrada de operadores internacionales, el sistema eléctrico cubano se encamina a un estado de degradación irreversible.

La opción de las «patanas» o centrales flotantes turcas ha servido de parche temporal, pero su alto costo de alquiler y consumo de fueloil las hace insostenibles a largo plazo.

Por ende, Cuba no sólo enfrenta una crisis de megavatios; enfrenta una crisis de viabilidad económica, en la que cada apagón es el síntoma más visible de un modelo que se agotó y fracasó.

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