Del control administrativo al fomento del turismo: Así evolucionó el papel de la monarquía británica en la economía

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Desde hace varias semanas ha habido rumores sobre el delicado estado de salud de la reina Isabel II, de 96 años de edad y 70 portando la corona británica. Buscando mejorarla, la soberana se retiró del Palacio de Buckingham, su principal residencia oficial, al Castillo de Balmoral, en Escocia, otra de las propiedades reales. Desde allí, en la mañana de este jueves llegaron noticias de una severa complicación de sus problemas de salud, poniendo así al Reino Unido en estado de alerta.

No es que la ausencia de la Reina, por cualquier razón, suponga una crisis de gobernabilidad. Como monarca constitucional, el soberano británico ha cumplido por más de tres siglos un papel ceremonial y con poca o nula autoridad sobre la administración del reino. Pero la trascendencia simbólica del trono le daría al cambio un impacto fuerte en la conciencia colectiva británica… Y del mundo entero, por ser la monarquía inglesa acaso la más conocida urbi et orbi.

En otros tiempos no fue así. En el Medioevo e incluso en la Edad Moderna temprana, los reyes ingleses, predecesores del actual trono británico, tuvieron gran influencia política, incluyendo por supuesto los aspectos económicos del reino. Los monarcas, de la mano de asesores nombrados por ellos, tenían que velar por la administración apropiada de los recursos públicos. De hecho, los conflictos por esa influencia moldearon algunos de los puntos decisivos en la historia británica.

Así, por ejemplo, el descontento de los nobles con la recolección de impuestos feudales por el rey Juan, sin consultarles, desencadenó una revuelta que culminó en 1215 con la firma de la Carta Magna original, que limitó los poderes reales y se convirtió así en piedra angular del parlamentarismo. Tan es así que «Carta Magna» hoy es, por metonimia, sinónimo de «Constitución», en recuerdo de aquel documento medieval.

Con el surgimiento del Estado moderno y centralizado a partir del siglo XVI, Europa dio un giro del feudalismo al absolutismo. Pero mientras que en Francia y España ese movimiento se consolidó, en Inglaterra no fue así. El rey Carlos I intentó concentrar en sus manos un poder que la nobleza y la burguesía consideraron excesivo. Un punto importante en tal sentido fue, de nuevo, la legitimidad de los impuestos. El resultado fue la guerra civil de mediados del siglo XVII. El bando parlamentario ganó, y Carlos fue decapitado. La Revolución Gloriosa de finales de esa centuria confirmó una supremacía parlamentaria vigente hasta hoy.

De manera que la influencia del Palacio de Buckingham en la conducción de una de las diez mayores economías del mundo es cosa del pasado. El canciller de Hacienda, como se le llama al ministro de finanzas del Reino Unido, es nombrado por el primer ministro. Asimismo, la designación del gobernador del Banco de Inglaterra, ente emisor de la moneda británica, es un proceso decidido principalmente dentro de esa institución, sin que el monarca intervenga.

Eso no quiere decir que la monarquía británica hoy no tenga ninguna relevancia económica. Como símbolo de la unidad entre los británicos, la monarquía desempeña un papel de primer orden en la noción de un solo Estado con varias naciones. Dicha noción a su vez puede mantener a raya los movimientos separatistas en Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Y si alguien creyera que tales diatribas no tienen peso económico, pues que recuerde nada más la extracción de petróleo cerca de las costas escocesas.

Además, como uno de los elementos esenciales de la identidad nacional británica, la monarquía supone un atractivo turístico. Parar frente al Palacio de Buckingham y ver uno de los celebérrimos cambios de guardia es de lo más común entre los visitantes extranjeros de Londres.

Las ceremonias de la Familia Real igualmente constituyen un negocio. Sobre todo las bodas reales. Todo aquel cuya memoria alcance principios de los años 80 del siglo pasado recordará el furor global por las nupcias de Carlos, príncipe de Gales y heredero al trono, con Diana Spencer, mejor conocida como «Lady Di». Un ejemplo más reciente es el del primogénito de esta pareja, Guillermo, duque de Cambridge, y Catherine Middleton. Por aquellos días, las calles de Londres estuvieron inundadas de parafernalia alusiva al joven matrimonio, a la venta al público. Desde vajillas hasta lencería.

Cabe preguntarse si la percepción de la monarquía británica cambiará sin Isabel II, la mujer con el reinado más largo en toda la historia del país y que prácticamente se ha fusionado en la conciencia colectiva con la institución. Mucho dinero bien pudiera depender de ello.