Urgen mejoras de servicios básicos para la Sultana del Ávila

Este miércoles al cumplir los 451 años caraqueños exigen soluciones. Caracas, que es espejo y vitrina del país y ha quedado resumida en las fallas de agua, luz, y transporte

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Nicolas Rocco/El Universal
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En casi medio milenio de historia, no es poco lo que Caracas tiene para contar. Hoy, cuando la ciudad arriba a sus 451 aniversario, sus residentes aseguran que la capital luce más lejos de sí, de aquella urbe permeada por la modernidad, que era la entonces promesa de un país que lo tuvo todo a su favor: el petróleo, la afabilidad de su gente y la confianza de los extranjeros que llegaron para quedarse.

Para quienes se manifiestan en contra de la crisis, Caracas, que es espejo y vitrina del país, queda resumida en las fallas de servicios básicos, en la falta de agua, electricidad y el déficit de transporte, problemas que se mimetizan con la imagen de una metrópolis afantasmada, de aceras derruidas y luces oxidadas, según publica El Universal.com.
Pero no todo fue así, en Caracas hubo una época de mayor esplendor en la que sus plazas quedaban retratadas en las postales que eran presumidas con echonería. Hoy la abulia y la indiferencia se instalan en su espacio más simbólico: la Plaza Caracas, un asiento de la modernidad de 2.600 metros cuadrados, que es estampa, memoria y reminiscencia de una urbe de grandes aspiraciones, cuyos trazos arquitectónicos más gruesos dejaron de reproducirse hace más de 30 años, con la llegada del Metro.
Enmarcada por las torres de 32 pisos del Centro Simón Bolívar, la Plaza Caracas es un calco de la crisis institucional que ensombrece sus áreas comunes. El monumento se ha convertido en una cantera urbana para la extracción del granito rojo Brasil.
Hoy el reclamo incluye obras inconclusas como el Parque Hugo Chávez, el Cardiológico de Adultos en Montalbán, la extensión de la Cota Mil y la Construcción de Parque Simón Bolívar en La Carlota.
 En medio de todas esas letanías de obras a medio hacer, la alcaldía de Libertador se ha propuesto un proyecto ambicioso: replantear el uso de la manzana de San Jacinto, un espacio fundacional donde se dará paso al Museo de Caracas, que pretende ser la vitrina del acervo histórico de una ciudad cuya memoria urbana se hace tenue.
Testimonios
 Andreina Montejo, residente de la parroquia Altagracia, del centro de Caracas, resiente los problemas comunes en este aniversario: la crisis sanitaria en los hospitales, la inseguridad y el colapso del Metro, este último un tema neurálgico para los peatones.
Llegado el mediodía de un día cualquiera, el Metro de Caracas luce atiborrado, saturado de usuarios que jadean el calor. El aire espeso en la estación Teatros apura el agite por el tren que aún no llega. De momento, los rieles murmuran la fricción de las ruedas del siguiente tren. El bullicio prospera y el griterío se hace ensordecedor conforme se avecina el vagón.
 Quienes bajan del tren parecen proferir ensayos de permiso: “Aquí voy yo”, “Cuidado, cuidado”, “Mosca que llevo una bolsa de sardinas”, vocea de último un hombre relleno, de aliento agrio, que sin tener nada en la mano desembarca con su mayor habilidad. Intenta esquivar una muralla de personas que, por su tozudez, parecen obstáculos en la vía. Nada los saca del camino.
 Es la imagen de un servicio venido a menos que es la principal opción para la movilidad en Caracas el epicentro administrativo del país, donde 90 % del transporte superficial está inoperativo, según el gremio.
Hoy subirse a un autobús cuesta 5.000 veces más que el boleto simple del Metro de Caracas, cuyo costo es de 4 bolívares y en la práctica no se cobra. Debido a la inflación, que en junio se ubicó en 46. 305%, según cálculos de la Asamblea Nacional, en Venezuela no existen billetes en circulación que permitan cancelar el costo del ticket que equivale a 0,00016 dólares, si se coteja con la tasa oficial para las remesas.
 Es la imagen del mayor transporte de la ciudad, un servicio que Ingrid Durán, de Propatria, pide recuperar por el aniversario de la ciudad. “Es lo único que no para y que tenemos para desplazarnos entre municipios y no hay ningún interés del Gobierno por recupéralo. Se necesitan vagones con aire, instalaciones más limpia y seguras”, sostiene, Ingrid quien se desempeña como asistente.
A Denis Flores, cuya hija menor ha tenido que acudir a la emergencia de la Maternidad Herrera Vega en El Algodonal, le inquieta la precariedad de los hospitales. Su hija está en el sexto mes de embarazo, tiene preeclampsia, pero en centro está en cierre técnico. “Sería bueno que le metieran la lupa a los ambulatorios y hospitales, porque no hay ni agua”, enfatiza el vecino de Coche, mientras aguarda en una cola por en autobús en La Hoyada.
En Caracas, los hospitales adscritos al Ministerio de Salud no solo le toman el pulso al desabastecimiento de insumos, también son espejo de una crisis compleja de agua que compite con el resto de las dificultades que someten al sistema sanitario: el déficit de medicamentos que asciende a 85 %, según el gremio médico.
Caracas sin agua es más que una ciudad de viviendas en caos. El colapso del servicio no solo entra por la puerta de hogares dispuestos a cargar tobos para bañarse y preparar algo de comida. Hoy las clínicas, escuelas, hospitales y oficinas son el testimonio más lúcido de una crisis en cuyo nombre se inscribe también la escasez de agua, una dificultad que amenaza con extinguir la mayor colección de plantas acuáticas del país, un acervo que reposa en la Laguna Venezuela del Jardín Botánico de la UCV.
Ligia Monasterio dice que calma su sed con helados de vasito para no gastar la reserva de agua en su hogar. “Necesitamos que se atiendan los problemas de agua y transporte. Salir de la casa es también asumir el riesgo de quedarse varado”, dice Ligia. En una ciudad donde los acueductos escupen sedimento y el agua que falta en los hogares se desparrama en las calles de aceras rotas, la historia de Caracas sin servicio cobra el matiz de un cuento inverosímil: hay quienes lavan en sus trabajos o se ausentan para llenar los tanques a punta de manquera.
María Maldonado, vecina de la parroquia Santa Teresa, dice que duerme con la llave del baño abierta para despabilarse cada vez que llega el agua y recogerla en cuanto contenedor consiga: en las ollas que están por fregar, los tobos plásticos de fondos agotados y seguramente cualquier objeto cóncavo cuya función no parece otra distinta a la de ser un reservorio en la Caracas árida. “La situación es grave”.
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