¿Va la Unasur hacia su desintegración?

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Cambios geopolíticos en la región ponen entredicho sentido que algunos de sus fundadores dieron al ente

El secretario ejecutivo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), Ernesto Samper, está apunto de concluir su gestión al frente del organismo subcontinental. Es hora de escoger un sucesor, lo que despierta dudas no solamente sobre quién pudiera serlo, sino además sobre el propio futuro de la entidad.

De acuerdo con sus estatutos, el secretario general es designado por el Consejo de jefas y jefes de Estado y de Gobierno, pero no se detalla cuál es el método empleado por los mandatarios para acordar el nombramiento entre los candidatos. En ese sentido, los cambios recientes en el panorama geopolítico e ideológico en Sudamérica complican la situación.

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En Venezuela, el secretario saliente es una figura no precisamente estimada por la mayoría de la población que adversa al oficialismo. Su mediación en un diálogo que no dio frutos más allá de brindar estabilidad al Gobierno dio bríos a la idea que se tiene de él como figura parcializada a favor del chavismo. Pero esa percepción negativa de Samper no es nueva y ha estado presente desde el mismísimo día en que se estrenó como secretario general.

Y es que a juzgar por sus predecesores, la oposición venezolana no podía reaccionar de otra forma. El primero de ellos fue el expresidente argentino Néstor Kirchner. Como murió antes de concluir su período, asumió por solo un año la diplomática y periodista colombiana María Emma Mejía, quien fue canciller, ni más ni menos, que de Samper. Luego vino una cara conocida en Caracas: el exguerrillero y exministro Alí Rodríguez Araque. Finalmente, dos años más tarde, le llegó el turno al expresidente del país vecino. Aunque es discutible si se incluye o no a Mejía en la siguiente caracterización, todos los secretarios generales de Unasur han sido connotados aliados del proyecto chavista para la región.

Varias han sido las posturas expresadas sobre cuál debería ser el papel exacto del organismo, y algunas apuntan a que sea una suerte de equivalente a la Unión Europea. Sin embargo, el hecho es que desde sus orígenes la Unasur fue impulsada por el gobierno de Hugo Chávez y otros mandatarios de ideología afín, como Kirchner en Argentina, Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Las tesis del Foro de Sao Paulo, firmemente ancladas en estos mandatarios, concibieron la idea de un organismo regional que compitiera y, de ser posible, eliminara por innecesaria la Organización de Estados Americanos (OEA), a la que el chavismo y movimientos similares nunca han ocultado su antipatía por considerarla un “instrumento del imperialismo estadounidense”.

Aunque sus estatutos, no lo digan, para sus algunos de sus principales autores la Unasur idealmente debía ser una red de gobiernos de izquierda populista sudamericana, con su correlato panamericano (excluyendo, desde luego, a Estados Unidos y Canadá), en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), también presentada a menudo como obra de Chávez y compañía.

Pero ahora, con los cambios recientes de gobiernos regionales, ese papagayo de colores antiimperialistas pudiera enredarse. La izquierda ha sido desplazada de los gobiernos de Brasil y Argentina, los gigantes de Sudamérica, y de Perú, Paraguay y Guyana. Se ha reducido a Bolivia y Ecuador el círculo de mandatarios incondicionalmente aliados con el chavismo, esos que hicieron sencilla la elección de los secretarios generales anteriores y han dictado la pauta de Unasur.

Difícilmente Michel Temer, en Brasil; Mauricio Macri, en Argentina; y Pedro Pablo Kuczynski, en Perú, tienen en mente a la misma persona que Nicolás Maduro para suceder a Samper. El nuevo balance entre liberales y socialistas obligará a encontrar, si es posible, un consenso entre las dos fuerzas. Con ello, el chavismo se arriesga a perder un secretario general complaciente.

Lo que pase con este cargo es solo una muestra de la incertidumbre sobre qué será de la Unasur como institución más adelante. Los nuevos gobiernos sudamericanos podrían no estar interesados en la orientación izquierdista del organismo, y si esta persiste, no es descabellado que consideren el retiro de sus naciones. En el escenario contrario, si el chavismo se siente perturbado por un nuevo sentido de la Unasur ajeno a sus intereses, lo mismo puede pasar con Venezuela. La desintegración del organismo parece improbable por ahora, pero no tanto que algunas naciones se salgan del proyecto.

 

 

 

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